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sábado, 22 de octubre de 2011

"FRANKENSTEIN EDUCADOR" (Desarrollo II)

El libro “Frankenstein Educador”, del autor Philippe Meirieu, está centrado en la formación del educador y como este debe formar al educando con saberes específicos y significaciones.

Debemos adecuarnos a este mundo en constante cambio, debemos adquirir códigos y hábitos. Sin embargo deben intervenir en nuestra vida personas, adultos, ya que nadie ha sido adulto sin que haya intervenido otros adultos.

Esto es lo que nos diferencia de los demás animales, por ejemplo, las abejas llevan escrito en sus genes su sistema político y no lo cuestionan, en cambio los hombres han de elegir sus valores, estilo de vida, todo, el hombre llega despojado totalmente y por esto ha de ser un hombre educado. 
El hombre es el único ser susceptible de educación, y como dice Kant […] Él hombre no puede hacerse hombre más que por la educación, no es más que lo que hace de él. Y observamos que no puede recibir esa educación más que por otros hombres, que a su vez la hayan recibido también.
Sin embargo a lo largo de la historia comienza el mito de la educación como fabricación: todo educador, sin duda, es siempre en alguna medida un Pigmalion, que quiere dar vida a lo que “fabrica”.

La Revolución Copérnica en pedagogía que propone Philippe Meirieu, en su libro, es que se debe cambiar la concepción de educación como fábrica, como es la que propone el doctor Frankenstein. La educación debe centrarse en la relación entre sujeto y el mundo humano que lo acoge. Su función es permitirle construirse a si mismo como “sujeto del mundo”: heredero de una historia en la que sepa que esta en juego, capaz de comprender el presente y de inventar el futuro. Pero esta tarea no es fácil, y se debe comenzar por comprender cada factor que intervienen en estas situaciones.
El autor propone siete exigencias para que se pueda realizar una verdadera Revolución Copérnica.
La primera es la renunciar a convertir la relación de filiación en una relación de causalidad o de posesión. No se trata de fabricar un ser que satisfaga todos nuestros gustos de poder o de narcisismo, sino de acoger a aquel que llega como un sujeto que esta inscrito en una historia pero que, al mismo tiempo, representa la promesa de una superación radical de esa historia.

La segunda, cosiste en reconocer a aquel que llega como una persona no puede ser moldeada a mi gusto, o que sea lo que yo nunca pude ser. Es inevitable y saludable que alguien se resiste a aquel que lo quiere “fabricar”. Es ineluctable que la obstinación del educador es someterle a su poder suscite fenómenos de rechazo que sólo pueden llevar a la exclusión o al enfrentamiento. Educar es negarse entrar en esa lógica.
La tercera, es aceptar que la transmisión de saberes y conocimientos no se realiza nunca de modo mecánico y no puede concebirse en forma de una duplicación de idénticos como la que va implícita en muchas formas de enseñanza. Supone una reconstrucción, por parte del sujeto, de saberes y conocimientos que ha de inscribir en su proyecto y de los que ha de percibir en que contribuyen a su desarrollo.
La cuarta, consiste en constatar, sin amarguras ni quejas, que nadie puede ponerse en el lugar del otro y que todo aprendizaje supone una decisión personal irreducible del que aprende. Esa decisión es, precisamente, aquello por lo cual alguien supera lo que le viene dado y subvierte todas la previsiones y definiciones en las que el entorno y el mismo tienen tan a menudo tendencias a encerrarle.
La quinta, es la de no confundir el no-poder del educador en lo que hace a la decisión de aprender y el poder que si tiene sobre las condiciones que posibilitan esa condición. Si bien la pedagogía no podrá jamás desencadenar mecánicamente un aprendizaje, es cosa suya el crear “espacios de seguridad” en los que un sujeto pueda atreverse a hacer algo que no sabe hacer para aprender a hacerlo. Esa cosa suya, también, el inscribirse proposiciones de aprendizaje problemas vivos que les den sentido.
La sexta, consiste en inscribir en le seno de toda actividad educativa la cuestión de la autonomía del sujeto. La autonomía se adquiere en el curso de toda educación, cada vez que una persona se apropia de un saber y lo comienza hacer suyo, lo reutiliza por su cuenta y lo reinvierte en otra parte. Esa operación de apropiación y reutilización no es un “suplemento del alma”, un añadido a una enseñanza que se haría, sino que el aquello que debe presidir la organización misma de toda empresa educativa. Es hablado con propiedad, aquello por lo cual una transacción humana es educativa. 
Y la ultima, la séptima, es asumir la insostenible ligereza de la pedagogía. Dado que en ella el hombre admite su poder sobre el otro, dado que todo encuentro educativo es irreducible singular, dado que el pedagogo no actúa más que sobre las condiciones que permiten a aquel al que educa...

Para finalizar debemos recordarnos en cada instante, que como futuras educadoras diferenciales, cada vez que educamos estamos formando personas y no objetos inanimados, los cuales tiene características, sentimientos, habilidades, virtudes y defectos. Debemos dar todas las instancias para que ese otro ser pueda “hacerse obra de si mismo” y que sea capaz de adquirir destrezas para desenvolverse en esta sociedad, desarrollando al máximo cada una de sus capacidades.

Sobre un tipo particular de elección de objeto en el hombre (Desarrollo II)


Sobre un tipo particular de elección de objeto en el hombre 

La elección masculina de objeto se caracteriza por una serie de condiciones de amor:
  1. Tercero perjudicado: la elección recae sobre una mujer que pertenece a otro hombre, ya sea en calidad de marido, prometido o amigo. Esta condición satisface mociones agonales, hostiles al hombre a quien se le arrebataba la mujer amada.
  2. Amor por mujeres fáciles: la elección recae sobre mujeres cuya conducta sexual tenga mala fama, y se puede desconfiar de su fidelidad, dejando de lado a la mujer casta e insospechable, por no presentar atractivo. En esta condición juega un papel fundamental el tema de los celos, ya que a partir de ellos la mujer adquiere valor pleno, y al albergar este sentimiento, la pasión logra alcanzar su cima.

Conducta del amante hacia el objeto de su elección:

  1. En la vida amorosa normal, el valor de la mujer está regido por su integridad sexual, y el rasgo de liviandad lo rebaja. Los amantes de este tipo, parecen desviarse de la normalidad considerando a este tipo de mujeres como objetos amorosos de supremo valor, siendo éstas, las únicas personas a quienes pueden amar. Durante la vida de este tipo de amantes, se repiten varias veces pasiones de similares características, donde los objetos de amor pueden sustituirse entre sí, conformando una larga serie.
  2. Los amantes de este tipo presentan una tendencia a rescatar a la amada. El hombre está convencido de que ella lo necesita, y su rescate consiste en el no abandono.

Los rasgos descritos (que la amada no sea libre, su liviandad, el alto valor que se le confiere, la necesidad de sentir celos, los sucesivos relevos dentro de una larga serie, y el propósito de rescatarla) no pueden derivarse de una única fuente. Esa elección de objeto, tiene el mismo origen psíquico que en la vida amorosa de las personas normales; brotando de la fijación infantil de la ternura a la madre y constituyen uno de los desenlaces de esa fijación. En la vida amorosa normal se observan muy pocos rasgos que dejen traslucir el arquetipo materno de la elección de objeto, ya que el desasimiento de la libido respecto de la madre se ha consumado con relativa rapidez. En cambio, en este tipo la libido se ha demorado tanto tiempo junto a la madre, aún después de sobrevenida la pubertad, que los objetos de amor elegidos llevan el sello de los caracteres maternos y todos devienen unos subrogados de la madre fácilmente reconocibles.
Se debe tornar verosímil que los rasgos característicos de nuestro tipo. Surgen efectivamente de la constelación materna. Esto puede observarse claramente en la primera condición (tercero perjudicado). En ella, se observa que la madre pertenece al padre, y este es un hecho inseparable del ser de aquella. En este caso el tercero perjudicado es el padre. La amada es única e insustituible, ya que nadie posee más de una madre.
 En nuestro tipo todos los objetos de amor están destinados a ser principalmente unos subrogados de la madre, volviéndose comprensible la formación de series. El psicoanálisis nos enseña que lo insustituible eficaz dentro de lo inconsciente a menudo se anuncia mediante el relevo sucesivo en una serie interminable., y tal, justamente porque en cada subrogado se echa de menos la satisfacción ansiada.
La segunda condición de amor, la de liviandad del objeto elegido, parece contrariar enérgicamente una derivación del complejo materno. En el pensamiento conciente del adulto la madre aparece como una personalidad de pureza moral inatacable, y nada resulta tan penoso como dudar de ese carácter de la madre. Ese nexo de la oposición entre la “madre” y “la mujer fácil” nos llevará a explorar la historia de desarrollo y el nexo inconsciente de esos dos complejos. Ya es sabido que en el inconsciente a menudo coincide en una misma cosa lo que en la conciencia se presenta escindido en dos polos opuestos. La indagación nos remite a los años de la pubertad del varoncito, cuando recibe por primera vez la noticia más completa de las relaciones sexuales entre sus padres. Al revelarse este secreto, destruyen la autoridad de los adultos, que resulta inconciliable con el descubrimiento de su quehacer sexual.
El muchacho toma conocimiento de que existen mujeres que ejercen el acto sexual a cambio de una paga, y por eso son objeto de universal desprecio. Este muchacho, al descubrir la sexualidad entre sus padres sostiene que la diferencia entre la madre y la prostituta no es tan grande, ya que ambas hacen lo mismo. Esas comunicaciones de esclarecimiento le han despertado huellas mnémicas de sus impresiones y deseos de la primera infancia y, a partir de ellas, han vuelto a poner en actividad ciertas mociones anímicas. Cae bajo el complejo de Edipo, donde empieza a anhelar a su propia madre y a odiar al padre como un competidor que estorba ese desea. El joven no perdona a su madre y considera como infidelidad que no le haya regalado a él, sino al padre, el comercio sexual. Estas mociones, cuando no pasan rápido, no tienen otra salida que desfogarse en fantasías que giran alrededor de la actividad sexual de la madre, y la tensión provocada se soluciona a través del onanismo.
El tipo de vida amorosa masculina descrito lleva en sí huellas de esta historia de desarrollo y puede comprenderse como una fijación a las fantasías de la pubertad del muchacho, las que más tarde hallan una salida hacia la realidad de la vida.
En realidad, el motivo del “rescate” tiene su significado y su historia propios, y es un retoño autónomo del complejo materno o, mejor dicho, parental. Al enterarse el niño de que debe la vida a sus padres, de que la madre le ha regalado la vida, en él se aúnan mociones tiernas con las de una manía de grandeza en pugna por la autonomía, para generar el deseo de devolver ese regalo a los padres, compensárselo por uno de igual valor. El muchacho fantasea con rescatar al padre de un peligro mortal, quedando de ésta manera a mano con él. En el caso de la madre, se hace más difícil sustituir por algo de igual valor este singular regalo (la vida). Rescatar a la madre, desde el inconsciente, cobra el significado de “obsequiarle o hacerle un hijo”, un hijo como uno es. Es decir, el hijo se muestra agradecido deseando tener un hijo de la madre, un hijo igual a él mismo; vale decir: en la fantasía de rescate se identifica plenamente con el padre. Este deseo de ser su propio padre satisface toda una serie de pulsiones: tiernas, de agradecimiento, concupiscentes, desafiantes, de autonomía. Y en ese cambio de significado tampoco se perdió el factor del peligro; ya que el acto del nacimiento es el peligro del que uno fue rescatado por esfuerzo de la madre. El nacimiento, es el primer peligro mortal para el individuo, y se constituye en arquetipo de todos los peligros posteriores ante los cuales sentimos angustia.
De acuerdo con las leyes válidas para la expresión de pensamientos inconscientes, “rescatar” puede cambiar de significado según lo fantasee una mujer o un hombre. Puede significar tanto hacer un hijo = procurarle el nacimiento” (en el hombre) como parir un hijo (en la mujer).
Es a causa de todos estos vínculos del motivo de rescate con el complejo parental que la tendencia a rescatar a la amada constituye un rasgo esencial del tipo amoroso.

viernes, 21 de octubre de 2011

Sobre Tipos de Contracción de Neurosis (Desarrollo II)


Quiero exponer sobre la base de impresiones obtenidas empíricamente y los cambios de condiciones que son los decisivos para que en las personas predispuestas estalle una neurosis. Por medio del psicoanálisis hemos discernido en los destinos de la libido lo decisorio entre salud nerviosa o enfermedad.
La investigación psicoanalítica nos permitió averiguar la predisposición neurótica en la historia de desarrollo de la libido, y reconducir sus factores eficientes a unas variedades congénitas de la constitución sexual y a unas injerencias del mundo exterior vivenciadas en la temprana infancia.

A .El primer caso para contraer neurosis está en aquel factor externo que se puede describir como frustraciónEl individuo permaneció sano mientras su requerimiento amoroso era satisfecho por un objeto real del mundo exterior; se volvió neurótico tan pronto como ese objeto le fue sustraído, sin que se haya sido sustituto. Acá satisfacción equivale a salud, y fracaso a neurosis. La curación podrá venir si le brindan un sustituto para esa posibilidad de satisfacción perdida.
En este tipo, del que sin duda participan la mayoría de los seres humanos, la posibilidad de enfermar se abre sólo con la abstinencia, lo que permite apreciar cuán sustantivas pueden llegar a ser, para el ocasionamiento de las neurosis, las limitaciones culturales de la satisfacción accesible. La frustración produce su efecto patógeno al estancar la libido y someter así al individuo a una prueba: ¿cuánto tiempo será capaz de tolerar este acrecentamiento de la tensión psíquica, y qué caminos seguirá para tramitarla? Dada una frustración real duradera de la satisfacción, hay dos posibilidades para mantenerse sano. Una es trasponer la tensión psíquica en una energía activa y vigorosa que permanezca dirigida hacia el mundo exterior y termine por arrancarle una satisfacción real para la libido; la otra, que se renuncie a la satisfacción libidinosa, se sublime la libido estancada y se la aplique a lograr metas que ya no sean eróticas y estén a salvo de la frustración. Ambas posibilidades se realizan en los destinos de los seres humanos, y ello nos prueba que desdicha no equivale a neurosis, y que la frustración no es lo único que decide sobre la salud o la enfermedad de los afectados. El efecto de la frustración reside sobre todo en otorgar vigencia a los factores predisponentes hasta ese momento ineficientes. Toda vez que estos factores preexistan acusados con una intensidad suficiente, amenaza el peligro de que la libido sea introvertida.

Ella se extraña de la realidad, que en virtud de la obstinada frustración perdió valor para el individuo; se vuelve hacia la vida de la fantasía, donde se crea nuevas formaciones de deseo y reanima las huellas deformaciones de deseo anteriores, olvidadas. A consecuencia del nexo íntimo de la actividad fantaseadora con el material infantil, reprimido {desalojado-suplantado) y devenido inconciente, presente en todo individuo, y merced a la exención de que goza la vida de la fantasía respecto del examen de realidad, la libido puede retroceder todavía más, hallar por el camino de la  regresión unas vías infantiles y aspirar a tales metas. Y si estas aspiraciones, que son inconciliables con el estado actual de la individualidad,  se vuelven bastante intensas, por fuerza estallará el conflicto entre ellas y el otro sector de la personalidad que se mantuvo en relación con la realidad. Este conflicto es solucionado mediante formaciones de síntoma y desemboca en la contracción de una enfermedad manifiesta. El hecho de que todo el proceso ha partido de la frustración real tiene su reflejo especular en el resultado de ese proceso: los síntomas, con los cuales se recupera el terreno de la realidad, figuran unas satisfacciones sustitutivas.


B. El segundo tipo de ocasionamiento para enfermar no es tan llamativo como el primero. Aquí, el individuo se enferma de un empeño interior por procurarse la satisfacción factible en la realidad. Enferma en el intento de adaptarse a la realidad y cumplir la exigencia de realidad  {de objetividad}, en lo cual tropieza con unas dificultades interiores insuperables. (En el primero resalta una alteración del mundo exterior; en el segundo, el acento recae sobre una alteración interior. En el primer tipo, se enferma por una vivencia; en el segundo, por un proceso de desarrollo. En aquel, surge la tarea de renunciar a la satisfacción, y el individuo enferma por su incapacidad de resistencia, en este, la tarea es trocar un modo de satisfacción por otro, y la persona fracasa por su rigidez. En este último caso está dado de antemano el conflicto entre el afán de perseverar tal como se es y el afán de alterarse según propósitos nuevos y nuevas exigencias de la realidad; en el primero, en cambio, el conflicto sólo sobreviene después que la libido estancada ha escogido otras posibilidades, inconciliables, de satisfacción). El papel del conflicto y de la fijación previa de la libido son en el segundo tipo incomparablemente más llamativos que en el primero, en el cual puede ocurrir que tales fijaciones inviables se establezcan sólo a consecuencia de la frustración exterior. Un joven que venía satisfaciendo su libido mediante fantasías con desenlace masturbatorio y ahora quiere trocar este régimen próximo al autoerotismo por la elección real de objeto; una muchacha que regalaba toda su ternura al padre o al hermano y ahora, por un varón que la corteja, tiene que dejar que le devengan concientes los deseos libidinales incestuosos, antes inconcientes; una mujer que querría renunciar a sus inclinaciones polígamas y fantasías de prostitución para ser una esposa fiel y una madre intachable: todos ellos enfermarán a raíz de tales afanes, dignos del mayor encomio, si las fijaciones anteriores de su libido son lo bastante intensas para contrariar un desplazamiento, en lo cual son decisivos, también aquí, los factores de la predisposición, de la disposición constitucional y del vivenciar infantil. Todos ellos vivencian, por así decir, el destino del arbolito de los cuentos de los Grimm, aquel que quería hojas diferentes; desde el punto de vista higiénico, que sin duda no es el único válido aquí, no cabría sino desearles que permanecieran tan poco desarrollados, tan inferiores e inútiles como lo eran antes de contraer la enfermedad. La alteración a la cual los enfermos aspiran, pero que sólo producen incompleta o no la producen en modo alguno, tiene por regla general el valor de un progreso en el sentido de la vida real-objetiva. Diverso es, claro, si se lo mide con patrones éticos; uno ve a los seres humanos enfermar tanto si resignan un ideal como si quieren alcanzarlo. Si prescindimos de las muy nítidas diferencias entre los dos tipos descritos de contracción de enfermedad, ambos coinciden en lo esencial y se dejan reunir fácilmente en una unidad. También el enfermar por frustración cae bajo el punto de vista de la incapacidad de adaptarse a la realidad: al hecho de frustrar esta la satisfacción de la libido. Y enfermar en las condiciones del segundo tipo lleva, sin más, a un caso especial de la frustración{denegación}. Es cierto que aquí no es frustrada por la realidad cualquier satisfacción, sino justamente aquella que el individuo declara la única posible para él, y la frustración no parte de manera directa del mundo exterior, sino, primariamente, de ciertas aspiraciones del yo; no obstante, la frustración sigue siendo lo común y lo más comprehensivo. A consecuencia del conflicto, que en el segundo tipo sobreviene instantáneo, quedan por igual inhibidas las dos variedades de satisfacción, tanto la habitual como aquella a la cual se aspira; y se llega al estancamiento libidinal, con las consecuencias que de él se siguen, como en el primer caso. En el segundo tipo son más visibles que en el primero los procesos psíquicos que llevan a la formación de síntoma; en efecto, las fijaciones patógenas de la libido no se establecen sólo ahora, sino que tenían vigencia cuando se era sano. Las más de las veces preexistía cierta medida de introversión de la libido; y un tramo de la regresión a lo infantil se ahorra porque el desarrollo aún no había recorrido todo el camino.
CComo una exageración del segundo tipo, aquel en que se enferma por la exigencia de la realidad, aparece el tipo siguiente, que describiré como el enfermarse por una Inhibición del desarrollo.
Para deslindarlo, no habría ningún título teórico, pero sí lo hay práctico, pues se trata de personas que enferman tan pronto han rebasado la infancia irresponsable, y por tanto nunca han alcanzado una fase de salud, o sea una capacidad de goce y rendimiento no restringida en líneas generales. En tales casos salta a la vista lo esencial del proceso predisponente. La libido nunca ha abandonado las fijaciones infantiles; la exigencia de la real¡ " dad no se presenta de improviso al individuo -sea su madurez total o  solamente parcial-, sino que viene dada en la circunstancia misma de ir creciendo: de su yo varía de una manera continua con la edad. El conflicto cede sitio a la insuficiencia; pero nosotros, en virtud de nuestras demás intelecciones, tenemos que postular también aquí un afán por superar las fijaciones de la infancia, pues de otro modo el desenlace del proceso no podría ser nunca la neurosis, sino sólo un infantilismo estacionario.

DEn el cuarto tipo, nos llama la atención sobre otro factor cuya acción eficiente interviene en todos los otros casos y por eso mismo era fácil pasarlo por alto en una elucidación teórica. Vemos enfermarse a individuos hasta entonces sanos, a quienes no se les presentó ninguna vivencia nueva y cuya relación con el mundo exterior no ha experimentado alteración, de suerte que su caer enfermos impresiona por fuerza como algo espontáneo. Sin embargo, un abordaje más ceñido muestra que también en estos casos se ha consumado una alteración que debemos estimar en extremo sustantiva para la causación patológica en general. Por haberse alcanzado cierto tramo de la vida, y a raíz de procesos biológicos que obedecen a una ley, la cantidad
de la libido ha experimentado un acrecentamiento en su economía anímica, y este basta por sí solo para romper él equilibrio de la salud y establecer las condiciones de la neurosis. Según se sabe, tales acrecentamientos libidinales, más bien repentinos, se conectan de una manera regular con la pubertad y la menopausia, con ciertas edades en la mujer; además, en muchos seres humanos pueden exteriorizarse unas periodicidades todavía desconocidas. La estasis libidinal es aquí el factor primario; se vuelve patógeno a consecuencia de la frustración  relativa que inflige el mundo exterior, el cual sin embargo habría permitido satisfacer una exigencia libidinal menor. Y la libido insatisfecha y estancada puede abrir también los caminos de la regresión y desatar los mismos conflictos que comprobamos para el caso de la frustración exterior absoluta. Esto nos advierte que en ninguna reflexión sobre ocasionamientos patológicos podemos omitir el factor cuantitativo. Todos los otros factores-frustración, fijación, inhibición del desarrollo- permanecen ineficientes mientras no afecten una cierta medida de la libido ni provoquen una estasis libidinal de determinada altura. Es cierto que no somos capaces de mensurar esta medida de libido que nos parece indispensable para que se produzca un efecto patógeno; únicamente podemos postularla después que la enfermedad advino. Sólo en un sentido estamos autorizados a formular una precisión mayor: podemos suponer que no se trata de una cantidad absoluta, sino de la proporción entre el monto libidinal eficiente y aquella cantidad de libido que el yo singular puede dominar, vale decir, mantener en tensión, sublimar o aplicar directamente. De ahí que un acrecentamiento relativo de la cantidad libidinal pueda tener los mismos efectos que uno absoluto. Un debilitamiento del yo por enfermedad orgánica o por una particular demanda de su energía podrá hacer salir a la luz neurosis que de otro modo habrían permanecido latentes, no obstante existir la predisposición. El significado que nos vemos precisados a atribuir a la cantidad libidinal para la causación de la enfermedad armoniza a maravilla con dos tesis básicas de la teoría de la neurosis, resultado del psicoanálisis. En primer lugar, con la afirmación de que las neurosis surgen del conflicto entre el yo y la libido; en segundo lugar, con la intelección de que no existe ninguna diversidad cualitativa entre las condiciones de la salud y de la neurosis, y los sanos enfrentan la misma lucha para dominar la libido, sólo que les va mejor en ella.
No resta sino decir unas palabras sobre la relación entre estos tipos y la experiencia. Si abarco en un solo conjunto los enfermos de cuyo análisis ahora me ocupo, no puedo sino comprobar que ninguno de ellos realiza puro uno de los cuatro tipos de contracción de enfermedad. Hallo en todos un poco de frustración eficaz junto a una parte de incapacidad para adecuarse a la exigencia de la realidad; el punto de vista de la inhibición del desarrollo, que coincide con la rigidez de las fijaciones, cuenta para todos; y además, según acabamos de consignarlo, en ningún caso estamos autorizados a desdeñar la significatividad de la cantidad libidinal. Más todavía: averiguo que en varios de ellos la enfermedad salió a la luz por oleadas, con intervalos de salud entre una y otra, y que cada una de tales oleadas admite ser reconducida a un diverso tipo de ocasionamiento. Por tanto, el establecimiento de esos cuatro tipos no posee un valor teórico elevado; no son más que diversos caminos por los que se establece una cierta constelación patógena en la economía anímica, a saber, la estasis libidinal, de la cual el yo no puede defenderse con sus recursos sin daño. Pero aun esta situación sólo se volverá patógena a consecuencia de un factor cuantitativo; no es una novedad para la vida anímica ni es creada por la injerencia de una llamada «causa patológica».Sin embargo, hemos de atribuir cierto significado práctico a estos tipos de contracción de enfermedad. En algunos casos hasta se los observa puros; nunca habríamos reparado en los tipos tercero y cuarto si no constituyeran los únicos ocasionamientos de enfermedad en muchos individuos. El primer tipo pone ante nuestros ojos el influjo extraordinariamente poderoso del mundo exterior; el segundo, el no menos sustantivo de la especificidad del individuo que contraría ese influjo. La patología no pudo dar razón del problema del ocasionamiento patológico en las neurosis mientras se empeñó meramente en decidir siestas afecciones eran de naturaleza endógena o exógena.
A todas las experiencias que señalaban la significatividad de la abstinencia (en el sentido más lato) como ocasionamiento, no podía ella menos que oponer la objeción de que otras personas soportan ese mismo destino sin enfermar. Pero si pretendía destacar la especificidad del individuo como lo esencial para la salud o la enfermedad, debía admitir el reparo de que personas que la poseían permanecerían sanas todo el tiempo... que pudieran conservarla. El psicoanálisis nos ha advertido que debemos resignar la infecunda oposición entre momentos externos e internos, destino y constitución, enseñándonos que la causación de una neurosis se halla por regla general en una determinada situación psíquica que puede producirse por diversos caminos.